El vestuario y los colores litúrgicos
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El vestuario y los colores litúrgicos
Redacción - 2009/04/25
 

Es normal que cualquier sociedad o colectivo humano intente encontrar una manera de vestirse que, en cierto sentido, le defina y le diferencie. Pensemos, por ejemplo, en los trajes típicos de diferentes regiones europeas, cuya variedad sorprende hasta hoy. Recordemos también el vestuario de algunas profesiones, como la de magistrado, o el gorro del cocinero, un “armatoste” poco práctico que, sin embargo, caracteriza perfectamente a quien lo usa.

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Amito

La ropa tiene una dimensión simbólica que excede a la mera utilidad práctica. Más que cubrir al cuerpo o protegerlo, revela la situación, el estilo y la mentalidad de las personas.

El blanco vestido nupcial representa la virginidad de la doncella; la riqueza de sus alhajas tiene como objetivo realzar la importancia del compromiso matrimonial, bendecido por Dios como un Sacramento. El sayal y el tosco cíngulo del franciscano nos recuerdan sus desposorios místicos con la “Dama Pobreza”, mientras que el rojo vivo de la sotana cardenalicia nos indica la alta dignidad de un miembro del Sacro Colegio y evoca su propósito de derramar, si fuese necesario, su propia sangre por el Sumo Pontífice.

Los ornamentos sacerdotales: “Revestirse de Cristo”

Ese simbolismo que se puede apreciar en la vida cotidiana lo encontramos con una intensidad mayor en la Liturgia, especialmente en la Celebración Eucarística.

Cuando el sacerdote se ordena, se reviste de Cristo, y este acontecimiento se renueva continuamente en cada Misa.

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Alba

Benedicto XVI destacaba, en la Misa Crismal del 5 de abril de 2007, que vestir los ornamentos implicaba renovar “el ‘ya no soy yo' del bautismo que la ordenación sacerdotal de modo nuevo nos da y a la vez nos pide. El hecho de acercarnos al altar vestidos con los ornamentos litúrgicos debe hacer claramente visible a los presentes, y a nosotros mismos, que estamos allí ‘en la persona de Otro'”.

Tras afirmar que esas vestiduras sacerdotales son una profunda expresión simbólica de lo que significa el sacerdocio, el Papa acrecienta que “Por eso, queridos hermanos, en este Jueves Santo quisiera explicar la esencia del ministerio sacerdotal interpretando los ornamentos litúrgicos, que quieren ilustrar precisamente lo que significa ‘revestirse de Cristo', hablar y actuar in persona Christi .

Conozcamos mejor mediante las explicaciones del Santo Padre cada uno de los ornamentos que el sacerdote utiliza en la Misa.

La mirada del corazón se debe dirigir hacia el Señor

Tras lavarse las manos, pidiéndole a Dios que “las limpie de cualquier mancha”, el sacerdote se pone el amito alrededor del cuello y sobre los hombros y reza: “ Señor, poned sobre mi cabeza el yelmo de mi salvación, para luchar victorioso contra los embates del demonio” .

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Estola

El nombre de este ornamento proviene del latín amictus (envoltura, velo) y su origen se remonta al siglo VIII.

Sobre su simbolismo afirma Benedicto XVI en la mencionada homilía: “En el pasado —y todavía hoy en las órdenes monásticas— se colocaba primero sobre la cabeza, como una especie de capucha, simbolizando así la disciplina de los sentidos y del pensamiento, necesaria para una digna celebración de la Santa Misa” .

Seguidamente da ejemplos concretos de esa “disciplina de los pensamientos y sentido” que el sacerdote debe mantener durante la celebración del Santo Sacrificio: “Nuestros pensamientos no deben divagar por las preocupaciones y las expectativas de nuestra vida diaria; los sentidos no deben verse atraídos hacia lo que allí, en el interior de la iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos. Nuestro corazón debe abrirse dócilmente a la palabra de Dios y recogerse en la oración de la Iglesia, para que nuestro pensamiento reciba su orientación de las palabras del anuncio y de la oración. Y la mirada del corazón se debe dirigir hacia el Señor, que está en medio de nosotros”.

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Cíngulo

El alba: recuerda el vestido de luz recibido en el Bautismo

El vestuario de los eclesiásticos durante los primeros siglos del Cristianismo era idéntico al de los laicos. La prudencia mandaba que en plena persecución religiosa evitaran cualquier signo que denunciase a los agentes del gobierno el “delito” de pertenecer a la Iglesia y de adorar al único Dios verdadero, infracción que en aquella época se castigaba con la muerte.

En el siglo VI los vestidos de los laicos sufrirían una transformación completa. Mientras que los romanos, influenciados por los bárbaros que invadieron el Imperio, adoptaron el vestuario corto de los germánicos, la Iglesia mantuvo el uso latino de las largas vestimentas, que se convirtieron en traje distintivo de los clérigos y fueron quedando reservadas paulatinamente para los actos sagrados.

De ahí proviene, entre otras prendas, el alba, una túnica talar blanca.

Es la indumentaria litúrgica propia del sacerdote y del diácono, aunque también la pueden usar los ministros menores que están autorizados debidamente por la respectiva autoridad eclesiástica. Al revestirse con ella, el sacerdote reza: “Señor, purificadme y limpiad mi corazón para que, purificado por la sangre del Cordero, pueda gozar de la felicidad eterna” .

Esta oración hace alusión al pasaje del Apocalipsis: los 144 mil elegidos “han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero” (Ap. 7, 14). Evoca también el vestido festivo que el padre del hijo pródigo le dio a éste cuando regresó sucio y andrajoso a la casa paterna; igualmente al vestido de luz recibido en el Bautismo y renovado en la Ordenación sacerdotal.

El Papa explica, en el mencionado sermón, la necesidad que hay de pedirle a Dios esa purificación: “Cuando nos disponemos a celebrar la liturgia para actuar en la persona de Cristo, todos caemos en la cuenta de cuán lejos estamos de él, de cuánta suciedad hay en nuestra vida” .

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Blanco – Tiempos de Navidad y Pascua.

Rojo – Pasión del Señor, fiestas de los apóstoles y memorias de los mártires.

Verde – Tiempo Ordinario.

El cíngulo de la pureza y la estola de la autoridad espiritual

Revestido con el alba, el sacerdote se ciñe con el cíngulo, un cordón blanco o del color de los ornamentos, símbolo de la castidad y de la lucha contra las pasiones desordenadas.

Mientras se lo coloca en la cintura, el ministro eleva a Dios esta plegaria: “Señor, ceñidme con el cíngulo de la pureza y extinguid mis deseos carnales, para que permanezcan en mí la continencia y la castidad” .

Acto seguido, se reviste con la estola, una banda del mismo tejido y color que la casulla, adornada con tres cruces: una en el medio y las otras dos en los extremos. Simboliza la autoridad espiritual del sacerdote y también el yugo del Señor, que debe llevar con valentía y por el cual ha de recuperar la inmortalidad. Se la pone alrededor del cuello, pendiendo sobre el pecho y la asegura con el cíngulo, mientras reza: “Señor, restaurad en mí la estola de la inmortalidad, que perdí por la desobediencia de mis primeros padres e, indigno como soy de acercarme a vuestros sagrados misterios, pueda alcanzar el gozo eterno” .

El yugo del Señor, simbolizado por la casulla

Por último, se pone la casulla, que completa la indumentaria propia a la celebración de la Santa Misa. La oración para vestirla también hace referencia al yugo del Señor, pero recordando cómo es liviano y suave para quien lo soporta con dignidad: “Oh Señor, que dijiste: ‘mi yugo es suave y mi carga ligera', haced que sea capaz de llevar esta vestimenta dignamente, para alcanzar vuestra gracia” .

A propósito de esto, el Santo Padre nos enseña: “Llevar el yugo del Señor significa ante todo aprender de Él.

Estar siempre dispuestos a seguir su ejemplo. De Él debemos aprender la mansedumbre y la humildad, la humildad de Dios que se manifiesta al hacerse hombre. […] Su yugo consiste en amar como Él. Y cuanto más lo amamos a Él y cuanto más amamos como Él, tanto más ligero nos resulta su yugo, en apariencia pesado” .

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Rosado – Domingos de Gaudete (Adviento) y Lætare (Cuaresma).

Morado – Tiempos de la Cuaresma y del Adviento.

Dorado – Reemplaza al blanco, rojo o verde en las ocasiones solemnes.

Los colores litúrgicos

Toda la Liturgia de la Iglesia es rica en simbolismo. Esto se aprecia también en los colores de los ornamentos sagrados, que varían según el tiempo litúrgico o las conmemoraciones de Nuestro Señor, de la Virgen María y de los Santos. Son básicamente cuatro: blanco, rojo, verde y morado.

Además de éstos, existen otros que son opcionales, o sea, que se pueden usar en circunstancias especiales: dorado, rosado, azul y negro.

El blanco simboliza la pureza y se usa en los tiempos de Navidad y Pascua, y también en las festividades de Nuestro Señor Jesucristo (excepto las de la Pasión), de la Virgen María, de los ángeles y de los Santos no mártires.

El rojo, símbolo del fuego de la caridad, se usa en las celebraciones de la Pasión del Señor, en el domingo de Pentecostés, en las fiestas de los Apóstoles y Evangelistas y en memoria de los mártires.

El verde, signo de esperanza, es usado en la mayor parte del año, durante el periodo denominado Tiempo Ordinario.

Para Adviento y Cuaresma, la Iglesia ha reservado el morado, color de la penitencia. Se establecen dos excepciones, que corresponden a dos paréntesis de alegría en época de contrición: en el 3er. domingo de Adviento y en el 4º de Cuaresma el celebrante puede emplear ornamentos rosados.

En circunstancias solemnes se puede optar por el dorado en lugar del blanco, rojo o verde. En algunos países está permitido utilizar el azul en las celebraciones en honor de la Ssma. Virgen. En las Misas por los fieles difuntos el celebrante puede escoger entre el morado o el negro.

* * *

Revestido así, de acuerdo con las sabias indicaciones de la Santa Iglesia, el sacerdote sube al altar hacia el Sagrado Banquete, dejando claro a todos, y a sí mismo, que está actuando en la persona de Otro, es decir, de Nuestro Señor Jesucristo.

 

 

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