Para hablar con autoridad, el misionero debe ser santo
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  Santo Antonio Maria Claret

Para hablar con autoridad, el misionero debe ser santo
Redacción - 2009/03/01

Para hablar con autoridad, el misionero debe ser santo

 


HE: El Brasil en que trabajó el padre Eustaquio hace casi 70 años es bastante diferente al actual. Este Beato, evangelizador fogoso y verdadero batallador, ¿cómo actuaría si fuera hoy, por ejemplo, párroco en Vitoria?

El padre Eustaquio sería en Vito­ria el mismo hombre de Dios, muy sencillo, un hombre de fe, caritativo y atento con los pobres y afligidos, ben­diciéndolos, comunicándoles con­fianza en el amor de Dios, llevando una vida de reparación y adoración, profundamente obediente al arzobis­po y a sus superiores de la Congre­gación. Ya que fue un párroco muy sencillo y obediente, creo que aquí tendría el mismo sentido de Iglesia, amando al obispo y al Papa. Guarda­ría silencio ante toda clase de ofensas y seguiría dando su vida por la Igle­sia. Su anhelo sería el anuncio y tes­timonio del Amor, buscando aseme­jarse hasta donde sea posible con el Corazón de Jesús unido al Corazón Inmaculado de la Virgen María.

HE: El anuncio y testimonio del Amor enfrenta muchos desafíos en las condiciones del Brasil de hoy. ¿Cuáles son las principales dificultades de un misionero en el 2006?

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“Los hijos de los Sagrados Corazones serán siempre los hijos de la Cruz”

Un gran desafío es la incultura­ción . No es fácil para el misionero de­jarse impregnar con los valores de los destinatarios de su apostolado. Otro desafío es caminar con el destinatario del apostolado respetando el tiempo oportuno en que éste pueda recibir plenamente el mensaje. Brasil tiene un pueblo maravilloso, pero necesita profundizar la vivencia de la fe, mu­cha formación doctrinal y espiritual. No basta con anunciar el Evangelio. Es preciso ayudar a los hermanos pa­ra que realicen su verdadero encuen­tro con Jesucristo vivo y resucitado.

Ante todo, el misionero debe ser san­to para hablar con autoridad.

HE: El padre Eustaquio tuvo el dolor de ser incomprendido hasta por algunos de quienes se esperaría apoyo. Eso debe haber marcado su apostolado y su vida.

El padre Eustaquio vivió intensa­mente una frase profética del funda­dor de nuestra congregación: “Los hijos de los Sagrados Corazones se­rán siempre los hijos de la Cruz”. In­comprensiones, roces, críticas, órde­nes severas de sus superiores, sen­sación de abandono, angustia por­que se quiere seguir sirviendo a los pobres y afligidos y se está prohibi­do de bendecir a los sufridores; to­do esto él lo vivió en silencio oran­te, unido al Crucificado cuyo Cora­zón fue atravesado por la lanza del soldado, fortalecido por la Virgen Inmaculada cuyo Corazón, traspa­sado por la espada del dolor, le ser­vía de aliento, fuerza y alegría espi­ritual, porque Dios lo quería junto a la Cruz redentora, reparando los pe­cados de tanta gente ingrata e insen­sible a la sangre del Justo derrama­da en la Cruz. En la contemplación de la Cruz, el Beato vivió su propio Calvario, descubrió y vivió en pro­fundidad el misterio de la obedien­cia de la Víctima, al hacerse víctima de amor con el Señor.

HE: Usted mencionó al fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones, el P. Pierre Coudrin. Es interesante recordar que él ejerció su ministerio como sacerdote “fuera de la ley” durante el período más peligroso de la Revolución Francesa. Y logró escapar de la prisión y de la guillotina…

Pierre Coudrin fue un sacerdo­te extraordinario por su fe, su valen­tía y su gran amor a la Eucaristía. Las autoridades del gobierno revolucio­nario de Francia lo presionaron des­de su primera misa en Poitiers a pres­tar un juramento que lo separaría to­talmente del Papa. Con valentía, res­pondió que ni él ni su familia harían jamás un juramento como ese. A par­tir de esta actitud valerosa de fideli­dad y amor a la Iglesia tuvo que ocul­tarse para no caer bajo arresto. ¡Pa­só meses escondido en un galline­ro, orando y estudiando la historia de la Iglesia! Cuando leía la vida de san Caprasio, se avergonzó de su si­tuación y salió del escondite, dispues­to a morir en defensa de su fe si así fuera necesario. Visitaba a los enfer­mos, celebraba para el pueblo fiel en horas menos peligrosas, se disfraza­ba de verdulero, de cochero, y hasta llegó a adoptar el nombre de un di­funto cuando la policía lo buscaba en un hospital: sin escapatoria, se subió a una cama, colocó el nombre de un vagabundo y se hizo el muerto. Los policías pasaron sin notarlo. Así con­tinuó, disfrazándose como podía, y permaneció en Francia atendiendo a los fieles en las casas y las cárceles, sin ser arrestado ni guillotinado aun aunque estuvo junto a muchos condenados hasta el último momento.

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“El P. Eustaquio sería hoy el mismo hombre de Dios, muy sencillo, atento con los pobres y afligidos, bendiciéndolos, obediente al arzobispo y a sus superiores”

HE: Una auténtica obra de evangelización se funda en el desprendimiento de sí mismo y en un ardiente amor a Dios y al prójimo. Lo cual nos lleva a la encíclica “Deus caritas est”. ¿Qué panoramas abre a la Iglesia este documento?

Con la ecíclica, el Santo Padre em­pieza llamando la atención del hombre y la mujer de nuestro tiempo hacia un aspecto esencial de nuestra vida: Dios. Primero habla de Dios, que para mu­cha gente es un problema. Pues bien, ¡el Papa encara el problema y lo anun­cia como Amor! ¿Es posible una pre­dicación más actual y seria para nues­tro tiempo? Cuando Dios deje de ser un problema para convertirse en una solución y una senda a la realización humana, nuestro mundo será distin­to. Espero que mucha gente medite so­bre la propuesta del Santo Padre: Dios es amor. Una vez experimentado co­mo amor, nuestra Iglesia será más au­téntica y nuestro país más justo. La ex­periencia de Dios-amor nos conduce a una experiencia de profunda libertad, como también de caridad y alegría no menos profundas. Personalmente, creo que la Nueva Evangelización encontra­rá un hermoso camino en la profundi­zación de la Deus caritas est.

 

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